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A Nadal le costó 13 minutos anotarse el primer juego del partido. Fue con un revés cruzado, el golpe que más le había costado conectar a lo largo del torneo. Sacaba segundos a 147 kilómetros por hora y su rival regaló la primera opción de ‘break’ a su favor con un revés largo. Rafa salvó la segunda con una trabajada jugada que terminó en la volea. Cualquier pequeño detalle contaba y mucho.

Rafael Nadal lo separa una victoria de su decimotercer título en Roland Garros, de su vigésimo ‘Grand Slam’ y de los 100 partidos ganados en el torneo que lo ha encumbrado a la categoría de leyenda del deporte de la raqueta.

Diego Schwartzman, su verdugo más reciente en los cuartos del Foro Itálico, comprobó que Roma no es París y se rindió a su suerte con un 6-3, 6-3 y 7-6(0). En la Philippe Chatrier, y a cinco sets es otra historia. Es la historia que dicta el fenómeno español.

El Peque no se había visto nunca en unas semifinales de un grande y eso le pesaría. Perdería su servicio de entrada y eso permitiría a Rafa quitarse de golpe los nervios que pudiera tener tras las alternativas iniciales.

Schwartzman ganaba todos los puntos intrascendente y Nadal todos los importantes. Sin embargo, el argentino no había nadado tanto en su carrera para morir en la orilla. Pasados 25 minutos, obtendría su rotura para situar el 2-1 en el marcador. El resto se imponía al saque porque llegaría un tercer ‘break’ consecutivo, el segundo favorable al campeón de 19 grandes.

Nadal reclamaba condiciones normales y no extremas para la práctica del tenis. Y las tuvo en el instante crucial. Hacía sol, algo milagroso a estas alturas de año en París, y la temperatura era de 15 grados. Solventó con un servicio directo la posibilidad de que el adversario le rompiera de nuevo en el quinto juego. Habían transcurrido 40 minutos y el tanteo era de 4-1 para el español, que se defendía con uñas y dientes en su guarida. Ha ganado en las pistas del Bois de Boulogne 99 de sus 101 partidos.

El argentino, el jugador de menor estatura entre la élite, con un 1,70 metros, veía la red más alta que nunca. Rafa cerró el primer set con puntas de saque a 192 kilómetros por hora. Ese era el camino a la victoria y habiendo recuperado el revés cruzado que tanta falta le hacía. Gobernaba en el sol y sombra.

La grada presentaba más de los 1.000 aficionados oficialmente permitidos. Y es que nadie quería perderse el momento histórico de ver al español logrando el billete para su decimotercera final de Roland Garros y la 28 en total dentro de los ‘majors’.

Diego se puso por primera vez por delante en la continuación. Le duraría un suspiro esa sensación porque perdería la tercera rotura en el tercer juego. Nadal era una máquina de precisión. Firmaba un tres de tres.

A sus 28 años, el argentino sabía que podría no volver a una situación como una semifinal de esas características. Intentó reengancharse al partido pero no pudo y su rival tampoco lo dejó. Con dos sets a cero el interrogante era saber cuánto tiempo más permanecería en la arena Nadal. Todo contaba ya para la final del domingo a partir de las 10.00 horas. Hizo el quinto y el sexto ‘break’ en el cuarto y el sexto asalto del tercer parcial. Lo que pasa es que se lo devolvieron.

La penúltima vida de Schwartzman se murió con 5-5 y 15-40, y después con otra ventaja. Tres derechas seguidas a la línea y una volea del defensor de la corona invitaban a la rendición a cualquiera. No a Diego, que se atrevió a forzar una muerte súbita en la que encadenó errores no forzados. El número dos mundial dejó el reloj en tres horas y ocho minutos.