Tal vez has escuchado hablar de un pedacito de cielo llamado Oaxaca; tierra maravillosa, lugar que enamora y el estado que lo tiene todo. Y no, este no es un estado común, es único, es ese hogar ideal para curar todos los males, para celebrar lo que desees, para descansar, para divertirte, para conocer, para vivir.

Oaxaca de mis amores y, por qué no, de mis desamores, de sueños, esperanzas, anhelos, añoranzas, en donde un buen mezcal lo alivia todo. Y como cualquier oaxaqueño de corazón diría: “para todo mal mezcal, para todo bien también, y si es para remedio, litro y medio”, porque no hay nada mejor que degustar y disfrutar del sabor de esta bebida en cualquier ocasión. Pero si prefieres algo ligero para consentirte, qué tal un chocolate de olla acompañado de un delicioso pan de yema, algo que no puede faltarle a tu paladar.

Mi querido Oaxaca conformado y sostenido por sus pueblos originarios, donde cada uno aporta conocimientos que valen oro, diferenciados por características sublimes que llenan de riqueza infinita a nuestro país.

Mi tierra inusitada, con una diversidad vasta en fisonomías, con personas únicas en donde cada semblante destella sabidurías, esa sabiduría que solo puede adquirirse a lo largo de los años, una identidad singular forjada por el amor a nuestros orígenes, por nuestro orgullo de identidad.

Sus calles de colores, en donde cada rincón tiene una historia que contar, en donde respiras serenidad, y tu corazón palpita sin parar al estar rodeado de tanta majestuosidad. Y qué decir sobre sus paisajes, que embelesan las pupilas de cualquier amante de la naturaleza con sus amaneceres y atardeceres que, como obra de arte, reflejan la mezcla perfecta de colores en un lienzo.

No es fácil estar lejos de mi Oaxaca, cada vez que me alejo del estado que me vio nacer y crecer, mi corazón se parte en dos. Pero sé que, a pesar de la distancia, me siento feliz de llevar mis recuerdos, sus aromas y sabores en mi corazón. Oaxaca de mi alma, es difícil olvidarte.