La noticia significó un respiro para el gobierno mexicano, empresarios y millones de familias cuyos empleos están ligados a las exportaciones: Estados Unidos finalmente ratificó el T–MEC.

Resulta significativo que, en un clima de divisiones políticas, este tema haya concitado el apoyo prácticamente unánime de todos los partidos –además de que fue negociado por dos equipos de gobiernos distintos–, que supieron cooperar. Esto da una idea de lo importante que este tratado es para la economía mexicana.

Pero en medio de las buenas razones para celebrar, el T–MEC también es una llamada de atención para recordar un debate tan viejo como irresuelto: la enorme y potencialmente peligrosa dependencia económica que México tiene de EU, así como la imperiosa necesidad de iniciar rutas reales para diversificar.

Al menos desde 1870, EU ha sido nuestro principal socio comercial; hoy 80% de nuestras exportaciones se dirigen a ese mercado. Si bien tener un vínculo estrecho con la economía más grande del mundo resulta ventajoso, la excesiva dependencia nos vuelve vulnerables. Como resultado de la guerra comercial con China, el año pasado el sector manufacturero estadounidense mostró una contracción que algunos especialistas señalan como primer síntoma de una desaceleración generalizada en su economía, escenario que golpearía fuertemente a México. La tarea parecería inviable: las ventajas logísticas de nuestra vecindad; los millones de mexicanos en EU, así como las relaciones construidas durante décadas de intercambios, sugerirían que cualquier proyecto diversificado está condenado al fracaso.

Aunque difícil no es imposible. Hace 30 años, 80% de nuestras exportaciones eran petroleras, lo cual resultó desastroso cuando los precios del petróleo se desplomaron: sufrimos hiperinflación, pérdida de empleos, sobreendeudamiento, reducción del gasto social. Ante esto, México apostó por diversificar hacia manufacturas. Hoy, sólo 10% de nuestras exportaciones son petroleras, y, en cambio, nos convertimos en líderes exportadores de bienes de alto valor agregado, gracias a lo cual tenemos una economía más sólida y estable. Algo similar podríamos hacer de cara a EU: mantener una relación prioritaria con nuestro vecino, por supuesto, pero emprender en paralelo una ruta de largo plazo hacia la diversificación comercial. Para ello hay que apostarle tanto a socios tradicionales como Europa (especialmente Reino Unido, ante la nueva realidad que hoy atraviesa), como a regiones con las que en el siglo XX no había complementariedades (vendíamos lo mismo: sobre todo materias primas), pero con las que en el siglo XXI empiezan a surgir nuevas oportunidades, como la cuenca Asia–Pacífico o la Península arábiga. Éste no es debate nuevo y hemos visto avances durante la última década. No obstante, es vital dar un renovado impulso a este esfuerzo donde participen, además del gobierno federal, gobiernos locales, el sector privado, sindicatos, universidades, empresas y la sociedad civil. Se trata de un proyecto de Estado que, aunque ya nos tardamos, aún estamos a tiempo de concretar.